Fuimos muchos los que allá por 2005 nos preguntamos si Rafa Nadal podría aguantar durante muchos años el ritmo que imponía a su juego. Contaba con 19 años y convertía sus partidos en auténticos despliegues físicos que llegaban a sobrecoger al espectador. Era normal: lo que para otros tenistas más veteranos se antojaba imposible, para él sólo era un juego de niños. Pero la pregunta era evidente: ¿cuánto tiempo podría aguantar Nadal ese ritmo?